
En la época de i-Pod touch, las capitales de provincias siguen escribiendo su historia con pluma de ganso, pausada, con buenas letras para mejores músicas que son el rasgar su crónica en una hoja áspera y rugosa. En estas ciudades la vida se entiende, mal que bien, y no se sobrentiende como en las grandes metrópolis. Aquí la vida se cocina a fuego lento como un cocido y la única comida rápida que se conoce es el conejo silvestre.
En estas ciudades un visitante llegado del trajín urbano y “moenno” se asombra al ver la complacencia, la confianza que deja los automóviles cargados de objetos valiosos a la vista, las puertas de las casas abiertas y los establecimientos comerciales se protegen con lo que podrían llamarse medidas de inseguridad en sus cristaleras, donde la única sirena de alarma que salta es la del puerto.
En este marco ha ocurrido que una de las calles más comerciales de la vieja Coruña, la calle Real, ha sido testigo estos días de un hecho inaudito, pues rompieron la luna llena de uno de sus establecimientos más señeros, una guantería que abrió sus puertas hace justo ochenta años. Ocho décadas, una tras otra, hasta que la magia se ha roto en su escaparate cuando hecho añicos se precipitó sobre él un ladrón de guante blanco, y negro y de piel. Ochenta años para saber cómo se siente un robo en las propias estanterías. Y con él, la ciudad ha dado un respingo, un mal trago de quien de pronto siente haberse hecho, no mayor, sino anciano de golpe. De golpe de piedra.
Uno recuerda, llegado de otras latitudes donde los amigos de ajenos son bien duchos en la tarea de ampliar sus círculos de amistades, cuando un periódico local abría su portada contando entre escalofríos que a un caballero le hurtaron la cartera. Un carterista, sí, algo que apenas existía en el vocabulario mitológico de quienes habían veraneado en otras costas o pisado el asfalto acelerado de otras urbes.
Ahora, estas ciudades que elaboran sus propios calendarios con partidos del domingo, bautizos distinguidos y arribadas de buques escuelas, se sienten confusas y con razón. Vulnerables, se sentían distinguidas y ahora se miran distintas en su mentalidad de ciudades sacadas, con el wi-fi en sus calles, de las novelas del dieciocho. Se ha despertado como con un trueno que retumba en la noche, como un cañonazo que anunciaba la flota inglesa, donde la pasión de sus gentes acababa con la ley de las escopetas pero considera inimaginable, sucio, una navaja o un escaparate roto.
Ochenta años, ahora, ya no será nada. Han quebrado la luna de los romances para robar unos guantes, una luna siempre llena que ahora es más menguante.
En estas ciudades un visitante llegado del trajín urbano y “moenno” se asombra al ver la complacencia, la confianza que deja los automóviles cargados de objetos valiosos a la vista, las puertas de las casas abiertas y los establecimientos comerciales se protegen con lo que podrían llamarse medidas de inseguridad en sus cristaleras, donde la única sirena de alarma que salta es la del puerto.
En este marco ha ocurrido que una de las calles más comerciales de la vieja Coruña, la calle Real, ha sido testigo estos días de un hecho inaudito, pues rompieron la luna llena de uno de sus establecimientos más señeros, una guantería que abrió sus puertas hace justo ochenta años. Ocho décadas, una tras otra, hasta que la magia se ha roto en su escaparate cuando hecho añicos se precipitó sobre él un ladrón de guante blanco, y negro y de piel. Ochenta años para saber cómo se siente un robo en las propias estanterías. Y con él, la ciudad ha dado un respingo, un mal trago de quien de pronto siente haberse hecho, no mayor, sino anciano de golpe. De golpe de piedra.
Uno recuerda, llegado de otras latitudes donde los amigos de ajenos son bien duchos en la tarea de ampliar sus círculos de amistades, cuando un periódico local abría su portada contando entre escalofríos que a un caballero le hurtaron la cartera. Un carterista, sí, algo que apenas existía en el vocabulario mitológico de quienes habían veraneado en otras costas o pisado el asfalto acelerado de otras urbes.
Ahora, estas ciudades que elaboran sus propios calendarios con partidos del domingo, bautizos distinguidos y arribadas de buques escuelas, se sienten confusas y con razón. Vulnerables, se sentían distinguidas y ahora se miran distintas en su mentalidad de ciudades sacadas, con el wi-fi en sus calles, de las novelas del dieciocho. Se ha despertado como con un trueno que retumba en la noche, como un cañonazo que anunciaba la flota inglesa, donde la pasión de sus gentes acababa con la ley de las escopetas pero considera inimaginable, sucio, una navaja o un escaparate roto.
Ochenta años, ahora, ya no será nada. Han quebrado la luna de los romances para robar unos guantes, una luna siempre llena que ahora es más menguante.

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